El Hierofante
El sol quemándome la cara me despierta. Abro los ojos sin saber donde estoy, parece que me encuentro ¿En una azotea? Volteo en todas direcciones y veo la punta de una torre que reconozco ¿La Casa de las Brujas? ¿Qué hago aquí?
MARCO SANDOVAL
Marco Sandoval
2/12/20267 min read


Sentí el pavimento frío, húmedo y rugoso en mis brazos, en todas las partes de mi piel que no alcanzaban a ser cubiertas por la tela de la ropa. A mi alrededor los coches seguían avanzando, indiferentes, pitando, rugiendo. Un mar de caballos y bestias, de fierro y de plástico, envolviéndome y amenazándome. Los cinco segundos que pasaron después de haber sido atropellado por un chofer que se pasó el alto para ahorrarse él cinco segundos, hasta levantarme y recoger mi bicicleta, ahora me parecen horas o días. En ese momento no morí, afortunadamente, es más, ni siquiera tuve una herida física grave a pesar de haber sido arrollado por un vehículo de al menos tonelada y media. Sin embargo, siento que una parte de mí no sobrevivió a ese accidente. Me levanté, me hice a un lado de la carretera esquivando otros coches y nadie se acercó a auxiliarme. Una señora me preguntó cuando llegué a la banqueta: ¿Estás bien? Ni siquiera recuerdo que contesté, me subí de nuevo a la bicicleta e intenté seguir mi día, con mis planes, con mis ocupaciones y responsabilidades. Probablemente en etapas más tempranas de mi vida esta experiencia me habría hecho pensar "A huevo, vencí a la muerte una vez más", pero no, esta vez no vencí a la muerte... nunca he vencido a la muerte.
I
Hace tiempo que quería verla otra vez, estuve de vacaciones fuera de la ciudad todo el verano, mi cuerpo, específicamente mi entrepierna, se descosía por estar cerca de ella otra vez. Nos citamos para vernos durante el recreo en uno de los salones del segundo piso, recién llegué, estoy esperando en la puerta. Aún no la he visto y ya tengo una erección. Me encuentro muy nervioso, en los últimos días ella ha estado como rara, como esquiva, como evitándome, pero me da igual, asumo que en cuanto la vea de nuevo todo volverá a ser tan sencillo como siempre ha sido. Llego, la veo en la puerta, como si solo se hubiera materializado, aunque su rostro me parece muy diferente ¿Será que ya no es ella? Su pelo antes era lacio, ahora es ondulado, su piel antes era blanca y ahora es morena ¿Se habrá asoleado? Me invita a pasar haciendo una seña con el dedo como jalándome de un hilo mientras me sonríe ¿Así sonríe ella? Jamás he visto a alguien sonreír así. No ha pasado ni un segundo y estamos besándonos, ella sentada sobre el escritorio, yo, temblando, con una de mis manos tratando de meterse entre todos los pliegues y capas de su uniforme escolar, tratando de tocar su piel, con la otra, inexpertamente, desabrochando los botones de su camisa hasta llegar a su ombligo, dejando su torso y senos cubiertos por su brassiere, acerco mi cara a su abdomen y huele a sudor, ropa deportiva y suavizante para telas. Comienzo a besarla hasta bajar a su ombligo. Sin apenas darme cuenta, le estoy realizando sexo oral ¿Estamos en el bosque? ¿Cómo nos movimos desde el salón de la prepa hasta el bosque, tan rápido? Aquí parecen los árboles estar girando, brillando desde sus hojas ¿es esto real? De su vagina comienza a brotar, como fuente, líquido abundante con un sabor delicioso, como durazno y manzana mezclados con miel y té verde, rehidratante y vigorizante...
Despierto, abro los ojos, me levanto hacia el baño y trato de orinar, pero la incipiente erección no me deja hacerlo con facilidad, por lo que decido sentarme en la taza unos minutos. De repente me cruza por la mente el recuerdo del sueño que tuve mientras dormía, me parece tan raro ya que, a pesar de que identifico algunos elementos sobre lugares y situaciones en las que estuve y viví cuando cursé la preparatoria, no reconozco a la mujer que apareció en el sueño. De cualquier manera, ya pasa de las 7:30 de la mañana, tengo que seguir con mi día...
II
Ya no aguanto más estar aquí; Es todo lo que atiné a pensar en ese momento que sentía la cabeza explotar, como un globo lleno de aire, gracias al gallito que me eché antes de llegar al primer bar en el que quedamos con unos amigos, en la colonia Roma, y los litros de cerveza que había estado tomando desde entonces. O al menos eso recuerdo que pensé. Me acerqué a la puerta del ¿tercer bar? ¿cuarto? No lo recuerdo con exactitud. En ese momento me sentí afortunado porque ninguno de mis amigos se dio cuenta que salí, con esto evitaba los incómodos comentarios en los que me pedían quedarme otro rato. Crucé la puerta y procedí a caminar por la banqueta con dirección a la plaza Río de Janeiro, tenía ganas de sentarme un rato a respirar y fumarme un cigarro. Mientras avanzaba, veía a la gente caminar en mi banqueta, en la otra banqueta, algunos incluso caminando sobre la calle, en la ciclovía. Las personas iban y venían, y me parecía que todos iban muy sonrientes, ahora que lo intento recordar, creo que espeluznantemente sonrientes, con los labios de oreja a oreja. Por fin, después de caminar dos cuadras, llegué a Río de Janeiro.
Al llegar me percaté de que, en el centro de la plaza, frente a la estatua de El David, había un grupo de personas reunidos alrededor de lo que parecía ser una puesta en escena o una obra, honestamente, no entendía que estaban haciendo, pero quería entender, sentía un impulso dentro de mí que, por un momento, calló todos los otros impulsos y voces en mi cabeza. Me acerqué y me hice camino entre las personas hasta que llegué al frente de la multitud, donde pude apreciar que estaba viendo el grupo, pero seguí sin entender. Frente a mí había cinco personas con distintos disfraces; Primero, al centro, estaban un hombre y una mujer, El hombre estaba sentado sobre una sencilla y pequeña silla de madera. La mujer, a su izquierda, se encontraba sentada también, sin embargo, estaba ataviada con un vestido muy largo y amplio que no permitía ver sobre que estaba sentada. A la derecha del hombre se encontraba parada una mujer mucho más joven, aproximadamente veintidós o veintitrés años, y sostenía en su mano derecha una botella de agua, a la izquierda de la mujer sentada se encontraba un hombre joven, más o menos de la edad de la otra mujer joven, y sostenía en su mano izquierda una flor con todo y raíces. Estas cuatro personas estaban en semicírculo alrededor de un hombre completamente desnudo, solamente cubierto con sus calzones, tirado sobre el suelo con las manos y piernas extendidas.
De repente, a parte de las personas dispuestas en semicírculo, me percaté que ya no estaba la multitud a mi alrededor, ni el hombre desnudo en el suelo. Al rededor pude notar que todas las farolas de las calles aledañas al parque estaban apagadas, con excepción de las que se encuentran a los costados del David. La mujer más joven levantó su mano y, con el dedo índice, hizo una seña indicando que la siguiera, después, comenzó a caminar hacia su izquierda con dirección hacia una de las calles que desembocan en el parque, la calle Durango, donde en una de las esquinas se encuentra la famosa Casa de las Brujas, un antiguo edificio construido durante los últimos años del porfiriato, en ladrillo rojo, adornada con una torre que termina en punta como si fuera el sombrero negro de una bruja. Ella siguió caminando hacia la casa. Quise seguirla, sin embargo, al dar el primer paso, caí de rodillas y tuve que meter las manos para no irme de boca. Quedé a gatas, sentía como si la gravedad me estuviera apretando contra el suelo, intenté levantar la cabeza y pude ver que la mujer estaba a punto de cruzar la calle hacia la esquina, así que usé toda la fuerza que pude y comencé a arrastrarme, caminando a gatas, con gran pesar y apenas pudiendo mover las piernas y brazos. Cuando estuve a punto de llegar a la misma esquina donde la vi por última vez, volví a levantar la vista para buscarla, ella se encontraba ya caminando en vertical, con los pies pegados a la pared, pero como si se encontrara aún caminando sobre suelo firme. Seguí arrastrándome hasta llegar a la pared e intenté seguirla por la pared, entonces me di cuenta de que la misma fuerza que me jalaba hacia el piso también me seguía empujando contra la pared, por lo que pude seguir gateando en vertical por la pared. Al llegar a la cima, y poder poner pie sobre el piso de la azotea, pude por fin levantarme y andar a pie, la busqué en todas direcciones hasta que por fin la vi, recargada en algo que parecía una toma de aire o un tragaluz que sobresalía del piso. Se encontraba completamente desnuda ya y la luz de la luna solo hacía ver su piel pálida, sin embargo, desprovista de color, como si la estuviera viendo a través de una película vieja a blanco y negro. Su pelo era negro como el carbón y ahora estaba usando una máscara hecha de madera, como desgastada, que apenas dejaba entrever como la luz rebotaba en sus ojos. Desde donde estaba pude ver como abría las piernas en una manera que yo interprete como insinuante, y en la que dejaba ver completamente los labios de su vagina. Al ver esto, inmediatamente, sentí una erección, y, al sentirla, miré mi cuerpo ¡Estaba desnudo! Y aunque físicamente sentía mi erección, mi pene se encontraba flácido, lo que me causó una vergüenza enorme, me tapé con las manos y me encogí de hombros para que no pudiera ver mi falta de virilidad. Aún con vergüenza, levanté la mirada y pude ver que en su máscara se dibujaba una sonrisa como hecha de marfil, blanco y brillante. Nuevamente ella levantó su mano y con toda la mano hizo un gesto para que me acercara, en el momento que hizo el gesto, comencé a sentir mi erección también en mis manos, las cuales aparté de mi zona púbica, y, esta vez, si podía apreciar mi pene erguido.
III
El sol quemándome la cara me despierta. Abro los ojos sin saber donde estoy, parece que me encuentro ¿En una azotea? Volteo en todas direcciones y veo la punta de una torre que reconozco ¿La Casa de las Brujas? ¿Qué hago aquí?
Tengo las rodillas y las manos raspadas, incluso mis pantalones se rasgaron a la altura de las rodillas como si hubiera caminado calles enteras de rodillas. Siento humedad en mi entrepierna, por lo que procedo a meter la mano debajo de mis calzones, siento lo que parece en textura semen medio seco.
Extrañamente, no siento resaca, tampoco la culpa que trae el despertar sin saber donde estás, en cambio, siento como una sonrisa se empieza a dibujar en mi cara.
No sé como llegué aquí, afortunadamente, sigo vivo. Ahora, tengo que bajar y volver a casa.
