La primera voz debe ser nuestra: usar inteligencia artificial sin renunciar al criterio
La inteligencia artificial ya entró al aula. La discusión, entonces, no es cómo detenerla, sino cuánto estamos dispuestos a dejarle pensar por nosotros. Sofía Guízar Cisneros propone la “regla de la primera voz”: pensar primero, dialogar después con la herramienta y conservar siempre la responsabilidad sobre lo que afirmamos. Este texto fue uno de los trabajos ganadores del Foro Interuniversitario de Ciudad Viva, realizado en el marco de la FILM.
Laura Sofía Guízar Cisneros
10/2/20264 min read


En la universidad, la inteligencia artificial ya dejó de ser una novedad. Está en el celular, en la computadora y, muchas veces, abierta en otra pestaña mientras hacemos una tarea. De acuerdo con un estudio difundido por la UNAM en 2026, 91.5 % del estudiantado universitario encuestado en América Latina utiliza estas herramientas. Por eso, discutir si la IA debe entrar o no al aula llega tarde: ya entró. La pregunta importante es, ¿qué parte del trabajo intelectual estamos dispuestos a entregarle?
Como estudiante de Derecho, esa pregunta me parece especialmente seria. En una materia puedo pedirle a una herramienta que resuma una sentencia, organice argumentos o señale contradicciones. Eso puede ahorrarme tiempo. Sin embargo, si acepto la primera respuesta sin leer la resolución, revisar la norma o preguntarme si el razonamiento tiene sentido, quizá entregue una tarea correcta en apariencia, pero no aprendí a pensar como abogada. Y el día que deba explicar mi postura frente a un profesor, un cliente o una autoridad, la respuesta ya no podrá hablar por mí.
EL RIESGO NO ES LA HERRAMIENTA, SINO LA SUSTITUCIÓN
La cultura de la inmediatez nos acostumbró a medir el éxito por la rapidez con la que obtenemos un resultado. La inteligencia artificial encaja perfectamente en esa lógica: responde en segundos, redacta con seguridad y rara vez deja una hoja en blanco. El peligro aparece cuando confundimos producir con aprender. Un texto bien escrito no demuestra, por sí solo, que quien lo entrega comprendió el tema.
La OCDE advierte justamente esa diferencia: la IA generativa puede mejorar el desempeño en una tarea sin generar un aprendizaje real cuando se usa para descargar el esfuerzo cognitivo. También señala que, con una intención pedagógica clara, puede fortalecer la argumentación, la creatividad y la colaboración. Es decir, la misma tecnología puede empobrecer o enriquecer el aprendizaje. La diferencia está en el uso que hacemos de ella.
Prohibirla por completo tampoco resuelve el problema. Además de ser difícil de controlar, una prohibición absoluta puede hacer que su uso se vuelva oculto y sin orientación. La UNESCO propone un enfoque centrado en la persona: la tecnología debe apoyar las capacidades humanas, no desplazarlas. En la universidad esto implica enseñar a usar IA con límites claros, transparencia y responsabilidad, igual que se enseña a citar una fuente, distinguir una opinión de un argumento o comprobar la confiabilidad de un documento.
LA REGLA DE LA PRIMERA VOZ
Propongo una práctica sencilla para el trabajo universitario: la regla de la primera voz. Antes de consultar a una inteligencia artificial, la primera idea debe ser del estudiante. No tiene que ser perfecta. Puede ser una pregunta, una hipótesis, un esquema breve o una explicación escrita con palabras propias. Lo importante es que exista un punto de partida humano. Después, la IA puede intervenir para cuestionar, comparar, ordenar o mostrar aspectos que no habíamos considerado.
La regla se cumple en tres momentos. Primero, pensar: definir qué entiendo, qué dudo y qué postura inicial tengo. Segundo, dialogar: pedir a la app de IA que estamos usando en ese momento que nos pueda proporcionar objeciones, contra argumentos o formas distintas de analizar el problema, en lugar de solicitarle un trabajo terminado. Tercero, verificar y asumir: revisar las fuentes originales, corregir errores y conservar únicamente aquello que puedo explicar y defender sin depender de la pantalla.
Aplicada a Derecho, por ejemplo, no consistiría en preguntar: ¿puedes hacerme un análisis completo de esta sentencia? y copiar la respuesta. Sería más útil leer primero la resolución, identificar el problema jurídico y construir una postura preliminar. Después podría pedirse a la herramienta que formule el mejor argumento contrario o que detecte un punto débil. Al final, tocaría regresar a la sentencia y a la ley para comprobar cada afirmación. Así, la IA no reemplaza el razonamiento: lo pone a prueba.
UNA EVALUACIÓN QUE COMPRUEBE AUTORÍA INTELLECTUAL
Esta propuesta también requiere cambiar la forma de evaluar. Si una actividad solo pide información que una máquina puede reproducir en segundos, el problema no siempre es el estudiante; quizá la consigna ya no permite observar lo que aprendió. Las universidades pueden solicitar una breve bitácora de uso qué se preguntó, qué se descartó y por qué y complementar ciertos trabajos con una explicación oral corta. No se trata de castigar ni de convertir cada tarea en un interrogatorio, sino de comprobar que existe autoría intelectual: que la persona tomó decisiones, reconoce los límites de su texto y puede sostenerlo.
También es necesario distinguir entre apoyo y sustitución. Usar IA para recibir retroalimentación, aclarar un concepto o encontrar una objeción puede formar parte del aprendizaje. Presentar como propia una respuesta que no se leyó, no se verificó o no se entiende es otra cosa. La transparencia sobre su uso debería ser una práctica normal y no una confesión vergonzosa. Para lograrlo, cada institución necesita criterios comprensibles y consistentes, no mensajes contradictorios entre materias.
CONCLUSIÓN
La inteligencia artificial no elimina la necesidad de pensar; simplemente vuelve más fácil evitarla. Puede entregarnos en segundos una respuesta clara y bien redactada; aunque por otro lado, tambien puede entregarnos una respuesta totalmente desproporcional y equívoca, pero dejarle la respuesta absoluta no puede garantizar que la comprendamos, que sea correcta o que represente verdaderamente nuestra postura. Por eso, el criterio universitario no debería reducirse a descubrir si una tarea fue realizada con inteligencia artificial, sino a comprobar si detrás del resultado existieron comprensión, análisis, decisiones propias y responsabilidad.
La universidad tampoco debe obligarnos a escoger entre rechazar por completo estas herramientas o depender de ellas para cualquier actividad. El verdadero reto consiste en aprender a utilizarlas sin entregarles aquello que precisamente desarrollamos en la universidad: la capacidad de preguntar, interpretar, argumentar y formar un criterio propio. En carreras como Derecho, esto resulta todavía más importante, porque una respuesta aparentemente correcta puede afectar decisiones importantes y personas si se acepta sin verificarla.
La regla de la primera voz busca conservar ese equilibrio. Primero debemos intentar comprender el problema y formular una idea propia; después podemos utilizar la inteligencia artificial para cuestionar, ordenar o fortalecer nuestro razonamiento; finalmente, nos corresponde verificar la información y asumir la responsabilidad de lo que presentamos. La primera voz debe seguir siendo nuestra y la última decisión también. La tecnología puede acompañar el proceso, pero no debe ocupar el lugar de quien aprende, porque un trabajo académico solo tiene verdadero valor cuando la persona que lo firma también puede explicarlo, defenderlo y responder por él.
