¿Sí se va a hacer?

Una reflexión sobre el relajo como forma de incertidumbre social en México: desde los acuerdos entre amigos hasta las decisiones institucionales, la costumbre de no saber cuándo algo va realmente “en serio” termina erosionando la confianza, la previsibilidad y nuestra capacidad de saber a qué atenernos.

Jacob Valencia

8/11/20264 min read

Hoy en la mañana me salió un video de un muchacho que organizaba una rifa para pagar la inscripción a su universidad. No recuerdo qué rifaba y no importa mucho, lo que importa es que vendía cierto número de boletos y explicaba que necesitaba el dinero para poder continuar sus estudios.

Los comentarios eran los que se pueden esperar siempre entre compatriotas; bromas, gente etiquetando a sus amigos, respuestas que no tenían mucho que ver con la rifa y también algunas personas aparentemente interesadas en comprar boletos. Pero uno de los comentarios fue el que llamó mi atención, ¡alguien se ofrecía a pagarle la inscripción completa!

El afinado sentido de suspicacia con que lo dota a uno este país me dio una idea ruin que quise llevar, al menos mentalmente, hasta sus últimas consecuencias. Pensé que el muchacho podía aceptar el dinero de este último benefactor y seguir vendiendo boletos. Es más, podía encontrar a otra persona dispuesta a pagarle la inscripción y aceptar también. ¿Cuántas veces podría cobrar la misma inscripción? Me contesté que no muchas. Pensé que en Internet, la supervía de la información, un fraude semejante sería bastante fácil de descubrir. Bastaría, por ejemplo, con que ofreciera cuarenta boletos y hubiera doscientas personas diciendo en los comentarios que habían comprado uno. Pronto me di cuenta de que eso tampoco probaría nada porque en los comentarios nadie nunca habla completamente en serio. Puede haber doscientas personas diciendo que compraron un boleto y que sólo diez lo hayan hecho. Puede haber treinta compradores verdaderos que nunca comentaron. Uno puede escribir que compró veinte boletos sin haber comprado ninguno y otro puede haber depositado realmente sin dejar constancia pública de su generosidad. La información está ahí y, sin embargo, no sirve.

Jorge Portilla encontró en el relajo algo bastante más profundo que el gusto por hacer bromas. En su ensayo sobre la Fenomenología del relajo, el relajo aparece vinculado con una "suspensión" de la seriedad frente al valor. No me interesa aquí reconstruir su argumento, sino una consecuencia que parece desprenderse de él: cuando esa suspensión se vuelve una forma habitual de relacionarnos, no sólo dejamos de tomar ciertas cosas en serio sino que dejamos de saber cuándo los demás las están tomando en serio.

El problema no es que el mexicano sea más mentiroso que cualquier otro pueblo. La mentira, en sentido estricto, es algo bastante serio; quien miente quiere que le crean. Reconoce la diferencia entre lo verdadero y lo falso, y trabaja cuidadosamente para colocar una cosa en el lugar de la otra. El relajo introduce una incertidumbre distinta. Uno ya no sabe siquiera si debe evaluar como verdadera o falsa una afirmación, porque primero tiene que averiguar si fue dicha "en serio".

Si a uno le dicen “Mañana te pago” esto puede significar o que uno tendrá su dinero mañana, o que lo tendrá meses después, o que no lo recuperará nunca. Y si le dicen “Cuenta conmigo” usted seguramente no se arriesgará a contar con nadie.

Hace unas semanas quedé con varios amigos de ir a la playa. Habíamos organizado el viaje coordinando el hospedaje, designando conductores y estableciendo una fecha y una hora de salida. Llegada la mañana del día pactado, mi amigo Edgar hizo una pregunta perfectamente razonable: “¿Sí se va a hacer?”

La pregunta sería absurda en otro contexto; si varias personas acuerdan hacer algo, fijan una fecha y llega la fecha, en principio ya sabemos que sí se va a hacer. Pero Edgar sabía que eso no bastaba. Los demás también lo sabíamos pero dábamos un salto al vacío con tal de no ser quien hiciera esa pregunta. Había que confirmar, el mismo día, que los acuerdos anteriores habían sido en serio.

En México cada “¿Neta?” y cada “¿Entonces así quedamos?” No son preguntas que agregan información al acuerdo sino filtros que elevan su rango en la escala de la seriedad.

La cuestión se vuelve más interesante cuando la incertidumbre deja de estar entre amigos y se institucionaliza. En diciembre de 2025 se estableció que las líneas telefónicas móviles debían vincularse con una persona. Durante meses se informó que las líneas no registradas serían suspendidas al terminar junio de 2026. Llegó junio y la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones modificó el plazo: ahora las fechas límite están distribuidas, según el último dígito del número telefónico, entre agosto y diciembre.

En lo que a mí respecta la prórroga podría estar perfectamente justificada y lo que interesa por el momento no es discutir si el registro es inútil, autoritario e irresponsable o si no lo es. El fenómeno interesante es otro; una fecha que institucionalmente se presentó como definitiva dejó de serlo.

Cada vez que una autoridad anuncie que determinado trámite deberá realizarse antes de determinada fecha, so pena de determinada consecuencia, habrá quien corra a cumplirlo y habrá quien espere. Este último no esperará necesariamente por ignorar la norma sino que quizá conozca demasiado bien el funcionamiento de este país. Puede pensar, no sin razón, que "Lo van a prorrogar", que "Seguro dan chance" o que "No van a cortar todas las líneas". Puede jugársela y puede equivocarse; alguna vez la fecha sí será la fecha y descubrirá, demasiado tarde, que ahora sí hablaban en serio.

Y así, aquí en el país del merenguero, uno vive día a día jugándose volados; lo complicado de esto es que uno no puede jugársela siempre; una sociedad sana necesita certidumbre, que buena parte de sus relaciones sean previsibles. No porque todos deban comportarse solemnemente todo el tiempo sino porque necesitamos saber a qué atenernos. Cuando la certidumbre y la previsibilidad desaparecen, hablar en serio sale más caro.

Pensé entonces que quizá una de las consecuencias menos graciosas del relajo sea ésta; después de un rato nadie sabe quién está jugando.

¡Sigue a Epílogo!